Gadsden in Sestina

During full moons on the border, the helicopters
are violent in the midnight air,
fighting to fly and spy the footsteps
that are called illegal in moonlight.
My house seems to shudder and move 
and I’m expected not to notice,
no one is ever expected to notice.
The border is a breath caged in steel,
created with the movement of a pen,
drunk, violent across parchment,
never mind that it was almost illegal,
this line drawn across footprints.

They say the American, Gadsden, his footsteps crooked, 
didn’t notice how much tequila he drank while debating 
the particulars. He signed the 853 treaty for half 
of what he had been told to: the border was to be pushed 
halfway to Mexico City without a violent shot fired,
but Gadsden, a woman on each knee, was moved to compromise.

If he had been too drunk to move that pen at all,
I would have taken my first baby steps in Mexico 
instead of the U.S. The subtle violence of coincidence
almost doesn’t exist until you notice it,
like the border almost didn’t exist until 
a law was passed to raise a twelve-foot steel wall,
a law was passed to begin patrols with helicopters,
to regulate the air moving between two countries,
to electrify the border fence,
to put landmines under footsteps,
to take down bilingual notices,
to institutionalize the violence

instead of find the cause of the violence.
It shouldn’t be legal, this game 
of noticing effects instead of causes.
An American moves into a gated community,
a Mexican puts one foot in front of the other,
both thinking of the border.

Gadsden, father of border helicopters and my baby steps,
father of illegal violence that no one cares to notice:
we’re all waiting to see how your wild night will end.

La Venta de la Mesilla

En la frontera, durante las lunas llenas,
los helicópteros son violentos en el aire
de medianoche, luchando para volar y espiar
las pisadas llamadas ilegales debajo de la luna.
Mi casa parece estremecerse y moverse,
y esperan que yo no lo note,
esperan que nadie lo note.
La frontera es un respiro enjaulado en acero,
creado con el movimiento de una pluma borracha,
violenta tras el tratado, no importa que fuera
casi ilegal esta línea dibujada sobre
las huellas de las pisadas.

Dicen que el gringo Gadsden torció sus pisadas, no midió
cuanto tequila tomó mientras debatía los pormenores. Firmó
el tratado de 1853 por la mitad de lo que a él le ordenaron:
la frontera se extendería casi hasta la ciudad de México,
sin un sólo tiro disparado, pero Gadsden, con una fichera
en cada rodilla, fue motivado a cambiar de idea.

Si hubiera estado demasiado borracho para mover aquella pluma,
yo hubiera dado mis primeros pasos en México
en vez de los Estados Unidos. La sutil coincidencia
de la violencia casi no existe hasta que la ves,
como la frontera que casi no existió hasta que
una ley levantó una muralla acerada de cuatro metros,
una ley que aprobó el patrullaje con helicópteros,
reguló el movimiento del aire entre dos países,
electrificó el alambrado, colocó minas anti-personales
bajo las pisadas, quitó letreros bilingües, institucionalizó
la violencia en vez de hallar la causa de la violencia.

No debería ser legal este juego de notar los efectos
en vez de las causas. Un gringo se muda a una comunidad
cerrada, un mexicano va paso a paso, ambos
van pensando en la frontera.

Gadsden, padre de los helicópteros fronterizos
y de mis primeros pasos, padre de la violencia ilegal
a la que nadie le presta atención: ahora nosotros
estamos esperando para ver como aquella
borrachera tuya terminará.