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sol dice brilla
logan phillips
del libro sol dice brilla

Habíase una vez una mujer que lo dejó todo y viajó hasta el fin de la tierra. Allí construyó una casa tan cerca del horizonte que la puesta del sol tendría que caminar de puntillas a través de su jardín de flores de atrás para sumergirse debajo del horizonte y dejar que la noche comience.

El primer año ella plantó solamente amapolas doradas y bebió fresca limonada en su pórtico al final de cada día. Ella esperaría y dócilmente todos los días atraparía al sol apartándose como fuego a través de las amapolas. “Te veo sol,” ella diría, agitando el hielo en su vaso de limonada. El sol contestaría nuevamente y otra vez que fue hecho para la puesta y para el ocaso y no pudo quedarse sobre el jardín. “Yo entiendo, sol, pero viendo que estaremos juntos día con día, me gustaría oír de algo que hayas visto en tu recorrer de hoy.”

El sol le describió las magnas sombras de las montañas. Ella pensó por un momento y después preguntó al sol por qué sobre todo cuanto pudo recordar, recordaría a la oscuridad, pero cuando ella preguntó por qué, el sol respondió “brilla.”

Esto sucedió todos los días durante un año, el sol contando siempre algo más acerca de sus historias de sombras y la mujer siempre preguntándo por qué.

El siguiente año ella plantó tulipanes blancos, y ahora cuando ella preguntaba al sol lo que había visto durante el día, él comenzaba a decir la forma en que se veía a sí mismo sobre el deslumbrante espejo del océano, sólo una parte cada día. Y de nuevo ella preguntaba al sol por qué y el sol solo decía “brilla>”

Tal situación continuó por años y años, cada uno con su propia flor y cada uno con su respectiva historia del sol, relatada poco a poco al final de cada día. Después de un tiempo, la mujer envejeció y pronto supo que solamente le quedaba un año de vida. Este año plantó flores azules y esperó nuevamente al sol. “Ya estoy vieja” le dijo, “y pronto ya no podré preguntarte más acerca de las cosas que vez día a día.”

“Lo sé,” respondió el sol, “pero podrías pregúntame por última vez”

“Sol, te paras en mis flores tal como lo has hecho por años, por favor dime algo que hayas visto hoy durante tu recorrido al otro lado del cielo profundo.”

Y el sol le dijo: “Paso todos los días de mi vida arriba, allá sobre la tierra, viendo el contorno de las ciudades y me imagino a que animal podría parecerse. Miro dentro del océano, y veo a las sombras de las montañas alejarse de mí. Éstas son cosas muy bellas, pero a todas ellas solo puedo verlas de muy lejos. Siempre, y a pesar de tanta belleza, espero ansiosamente mi llegada al horizonte, por sus flores y por verte a ti, lo único que puedo ver de cerca. Eres a la única persona que veo al día, y la única que me pregunta por lo que he visto. Te has convertido en la razón de mi puesta y de mi ocaso, solo para verte.” Miró a la mujer por un instante, viró y caminó sobre el borde del horizonte.

La mujer se sirvió otro vaso de limonada y comenzó a pensar acerca de lo que el sol le había dicho. A la media noche, se colocó en su pórtico y caminó a través del jardín, peinando las flores con sus dedos hasta que cruzó por completo el jardín y su punta de los pies estaban en el borde del horizonte. Espiró profundamente, extendió sus brazos y se dejó caer sobre el horizonte.

Ella fue el único movimiento en el aire de la noche, susurrándole al viento todas las historias que el sol le había contado, hasta que llegó tan lejos que abrió sus ojos apartando sus lágrimas y se encontro convertida en plata, mirando las luces de las ciudades que había debajo de ella. Se había convertido en la luna.

Los días en que puedes encontrar a la luna y al sol en el mismo cielo, esos son los días más felices. Aquellos en los cuales la luna y el sol finalmente pueden encontrarse otra vez y contarse de lo que cada uno ha visto. Ella le platica de las luces y la marea del océano y finalmente comprende a lo que se refería el sol cuando él decía “brilla.”


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